Mostrando entradas con la etiqueta Paco Tobar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Paco Tobar. Mostrar todas las entradas

27 ene 2015

Paco Tobar, cadáver insepulto

En 1952 o 1953 había salido un grupo de treinta y tres ecuatorianos hacia España, a estudiar. Entre sus tareas importantes decidieron hacer el camino de Santiago, esa poderosa franquicia que aún funciona bien. En esta congregación se encontraban, entre otros, Paco Paredes, Paco Tobar(1) (1928 - 1997), Carlos de la Torre Reyes(2), Claudio Mena, superviviente, hoy(3), Lucindo Almeida Terán (el luego embajador e hijo de banquero, que casaría con Nancy Mansfield, la mamá de Andrés Borrero). Al llegar a Santiago de Compostela al 'loco Tobar' le da un coma etílico a causa de todo lo bebido en 'el camino', y fallece. Llaman a un cura de urgencia para que le dé la extremaunción, pero el religioso descubre que el muerto... ¡estaba vivo! El loco nunca estuvo tan muerto, porque su versión posterior, plasmada en sus bellas letras, narra que "en la inconsciencia en que estuve" (esto es de Pessoa), se percataba de todo cuanto hablaban sus amigos, y que la conversación fue pasando de destacar las virtudes del 'muerto', a reconocer todos sus defectos que, según quienes lo conocimos, no fueron pocos.
Fuente: Carlos Flores Toro
(1) El gran dramaturgo y poeta ecuatoriano
(2) Abogado, historiador y poeta
(3) Escritor, periodista

11 ene 2015

Escritores y el autor de este blog

Gustavo Vásconez Hurtado (Camino de las Landas, Reloj de Agua, La Isla de los Gatos...), padre de Javier Vásconez (el 'lechuga' de la jorga de la calle García, de Quito, escritor también), me dio para su corrección el original de Tierra de nadie, que se publicaría como La Isla de los Gatos. Aún lo conservo. Ricardo Descalzi, dramaturgo e historiador del teatro ecuatoriano, me recibía cada jueves, en las tertulias de El Comercio a las que asistíamos, anunciándome como el hacedor de cuentos, vocación que él veía en mí por mis artículos en el periódico. Aún no escribo el primero. Muchos de mis supuestos cuentos eran solo estampas, como definió Vargas Llosa a algunos cuentos de James Joyce en Dublinenses.

Francisco Tobar García, gran dramaturgo, poeta y novelista, contestaba mis cartas cuando era diplomático en Madrid, a través de su columna de El Comercio. Me hizo un poema. El Doctor Juan Páez Terán, insigne poeta ecuatoriano, me permitió prologar su último libro. Raúl Pérez Torres, director de la Casa de la Cultura, novelista más que poeta, me pidió prestado El Rey de la Leña, en su edición original, de Marco Antonio Restrepo, y nunca me lo devolvió. Eliecer Enríquez Bermeo (Quito a través de los siglos, Guayaquil a través de los siglos, Quito Relicario de Sucre...), fue mi abuelo.
Mi madre, Rosa Enríquez Ferri, hizo un envío a Hastío, de Lilian de Toledo, en versos alejandrinos... sin saber que tenían catorce sílabas. Juan Páez le escribió un soneto a mi madre.